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Se abre la convocatoria XIV del Concurso Anual Transgenérico 2014.

La Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana se complace en convocar a todos los escritores venezolanos o extranjeros que se expresen en lengua castellana a participar en la XIV edición del Concurso Anual Transgenérico.
La naturaleza del concurso es transgenérica. Podrán presentarse manuscritos en distintos géneros literarios. De manera preponderante, aunque no exclusiva, el entorno en el que ocurran los textos imaginarios será el urbano. Igualmente, los ensayos que persigan iluminar alguna faceta de la realidad se inscribirán en el espacio de la cultura urbana.


Conoce la Casa Úslar Pietri
Invitamos a colegios, liceos y grupos a visitarla en la semana del natalicio del escritor

Con motivo de la Semana Úslar Pietri en honor al natalicio del ilustre escritor, en la Fundación que lleva su nombre queremos dar a conocer tanto su vida y su obra así como el lugar donde habitó la mayor parte de su vida: su hogar.
Es por ello que ofrecemos a colegios, liceos y grupos la oportunidad de hacer una visita guiada por la que fue su casa.
Las visitas se podrán realizar desde el día 12 de mayo hasta el 16, natalicio de Úslar Pietri en un horario de 9 de la mañana a 6 de la tarde. Se solicita una colaboración de Bs 20 por persona.

Para concertar las visitas pueden ponerse en contacto a través del correo casauslarpietri@gmail.como en el teléfono 0424 172 03 57.

El esposo desaparecido



de Bruno Mateo

A veces, me siento en el banco del parque y comienzo a observar a los muchachos que juegan con la pelota. Sus piernas al descubierto dejan ver su rebozante juventud. Tendrán unos 25 años. No son unos críos, pero si son deliciosos. Sus groseras expresiones hacen que mis manos suelten, sin querer, el bordado que hago. El sol pega sobre sus cabellos que se agitan con el viento. Mi transpiración se alborota con sus vítores al meter un gol. ¿Cómo una etapa tan bella se puede alejar de nuestras vidas? Ahora, me vienen a la memoria los versos de Rubén Darío: "Juventud, divino tesoro, te vas para nunca más volver, cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer”, y viendo aquel joven negro con su piel aceitosa por el sudor que emana de sus poros, me invita a gritarle: ¡Arriba! ¡Así se hace! Los chicos se voltean y me sonríen. ¿Qué más pueden hacer frente a una mujer de ochenta años sentada en una silla de ruedas? Es fascinante detallar esos cuerpos tan atrevidamente masculinos.
Me imagino sus olores de macho joven que dominan una manada de hembras en esta jungla de cemento. Acaso una mujer , como yo, no puede deleitarse con ver, aunque sea ver, a esos hombres jugando pelota, una tarde en un parque de una ciudad cualquiera. Corren veloces, y sus imágenes se me graban en toda mi piel. Vuelo hasta aquellos años cuando mi esposo y yo nos revolcábamos por la grama y nos besábamos a escondidas de mi madre y debíamos parar porque su virilidad y mi feminidad estaban a punto de estallar. Ahora, mi carne se pega a mi vestido y siento que quiero correr junto con esos muchachos para ver si alguno de ellos pueda ser mi esposo desaparecido

SONIDOS SUBTERRANEOS

AUTOR: Herbert Silva

Eran las seis de la tarde y el vagón estaba a reventar. Thelma y Louise entran tomadas de la mano y el apretón acostumbrado, viaje tras viaje, les da la señal para sumergirse en el ruidoso murmullo de sonidos, voces y calor que las transforma en las “musiquitas” del subterráneo.

Guitarra y flauta en mano, buscan un espacio sin entorpecer el cansancio de la gente. Hay, además, sudor y caras llenas de incordio; no por ellas, sino por el peso del día que aún no acaba y que parece estirarse a lo largo de las vías que aun tienen que recorrer para llegar a casa.

La pieza termina – como todas - en la siguiente estación, con el aplauso indiferente y cómplice de siempre y con el paseo agradecido para sumar algunas monedas a la jornada. Jornada que para ellas, apenas comienza.

Narra la declaración de Thelma, en la estación de policía, que Louise estaba con el sombrerito de vuelo corto recogiendo las propinas cuando comenzó la aireada discusión con la señora bien vestida del asiento de enfrente.

- Pero señora, ¿por qué se pone así? Mil disculpas si la molesté...

- Perdóneme señora, pero no estoy de acuerdo con usted. Nosotras estamos estudiando y salimos a trabajar honestamente para sostenernos.

- ¿Y eso acaso es problema suyo? ¡Vieja entrometida! ¡El amor es libre! ¿Acaso usted es feliz? ¡No lo parece!

- ¿Qué? ¡No!, ¡se pasó vieja grosera!

La sangre goteaba del pómulo de la señora y la guitarra rota yacía en el piso. La gente, en medio del alboroto, tocó la alarma y entre varios hombres tomaron del brazo a Louise para entregarla.

Thelma sale de la comisaría muy entrada la noche; no le permitían permanecer allí acompañando a Louise y la echaron con brutalidad.

Ensimismada en su tristeza, camino a la pequeña habitación que comparten en una pensión del centro de la ciudad, se da cuenta que sin Louise el trabajo en el subterráneo, y su vida misma, se transforman en un solo de flauta.

Louise siempre fue la arrojada, y Thelma, la más insegura y frágil.

- Dios mío, ¿por qué? 72 horas de arresto y trabajo comunitario con presentación cada 3 días. ¡Que desastre! ¿Será que mañana lo intento? Nunca he tocado sola mi flauta en ese gentío. ¿Qué hago? ¿De algo tengo que comer?

Eran de nuevo las seis de la tarde, pero del día siguiente, y el reloj de Thelma no hacía otra cosa que girar sus agujas clavándolas en el pecho desolado de un amor que supura rabia e impotencia y a la vez suspira de impaciencia por su reencuentro.

El vagón era el mismo; la hora era la misma; las personas, tal vez, eran las mismas.

- ¡Fuera de aquí! ¡Fuera!

- No creas que hemos olvidado lo que pasó ayer con esa pobre señora.

- ¡Si, fuera!, ¡fuera!, vete con tu flauta y con tu violencia a otro vagón desgraciada...

Thelma sale a empujones del vagón. Llorando y desesperada, corre para dejar atrás los golpes tratando de recuperar el equilibrio, pero en su desazón tropieza con la escalera mecánica. La flauta destrozada, queda en el escalón que golpeó al caer.

Dos días más tarde, a la salida de su encierro, Louise regresa a la pensión con un dolor, que no llega a ser tal, en la boca del estómago; Son las 11 de la noche y, al entrar, llama a Thelma pero no la ve por ningún lado.

- Thelma, ¿dónde te metiste mi amor?

Louise espera y del silencio solitario rompe un llanto a medio camino entre la incertidumbre y la desesperanza. Sin fuerzas para seguir luchando, se dice a si misma y a una Thelma ausente:

- Prometo no confrontar nunca más a esta ciudad y a su gente absurda; allá ellos con su vida y con la manera como la entienden.

Al día siguiente, desesperada, decide ir a los hospitales. La hoja médica del deceso de Thelma dice: “fractura de cráneo en hueso occipital. Muerte instantánea”.

Louise en crisis, comienza a pasearse por los dos años de vida con Thelma y sólo consigue sonrisas, empeño, amor y ganas de vivir. Comprende que los sonidos subterráneos provienen de las almas enterradas bajo las infinitas capas de nuestra estupidez.

LOS GOLPES DE ELOISA

NARRADORES
LOS GOLPES DE ELOISA
Autor: Joaquín Ferrer Ramos

Eloisa comenzó a golpearme casi de inmediato.
Sucedía así: Yo me arremangaba la manga de la franela y le ofrecía mi antebrazo. Ella procedía a golpearlo con el puño cerrado. Eran golpes fuertes y secos que producían una corriente de electricidad que subía por mis nervios, por un lado, hasta el cuello y, por el otro, bajaba hasta la muñeca. Yo aguantaba los golpes con un estoicismo que tenía su origen en el amor. Debo decir que era feliz.
Con el tiempo y la periodicidad de los golpes, en mi antebrazo se formaba un gran cardenal de color morado intenso, casi negro. Cuando eso sucedía y el dolor se hacía insoportable cambiábamos de antebrazo como se cambia uno de camisa. Cuando el segundo antebrazo se resentía al punto de no poder soportar más golpes, volvíamos al primero que, si bien, no estaba del todo curado, ya estaba preparado para recibir nuevas andanadas. Así una y otra vez. La orgía de los golpes. La única en la que participamos.
 Nuestras sesiones sado-masoquistas eran privadas. Se desarrollaban casi siempre en el jardín, protegidos de miradas indiscretas por la barra del bar y la estructura de ladrillos de la parrillera. O en nuestro escondite. No voy a revelar cual es. No vale la pena. No va a añadir nada a la historia. O tal vez si. Mejor dejarlo así.
 No todo eran golpes, por supuesto. También conversábamos mucho. Y nos besábamos. Eloisa tenía una lengua dulce y sabia, a pesar de que ella se presentaba como una mujer sin experiencia en el amor. Eloisa decía que sentía mariposas en el estómago cuando la besaba. A mi me parecía una frase hecha. Pero me hacía el loco. Me gustaba que me dijera ese tipo de cosas cursis.
La veía todos los días. Pasaba a recogerme temprano por mi casa y nos íbamos para la universidad central. Estudiaba arte. Yo pensaba (y sigo pensando) que estudiaba arte más que nada para llenar un hueco en su vida. Como también pienso ahora que su relación conmigo llenaba otro agujero, o tal vez era el mismo y enorme vacío que trataba de llenar, inútilmente, en un esfuerzo, igualmente inútil, pienso yo, por no perder la razón.
Sin embargo en aquella época trataba de no pensar demasiado. Yo solo la acompañaba a donde ella quisiese ir. Y la universidad central ere un lugar tan bueno como cualquier otro. Tal vez mejor.
Mientras Eloísa recibía sus clases yo me quedaba conversando con amigos comunes. Aunque lo que más disfrutaba era deambular por los pasillos de la universidad y hojear libros en los puestos de ventas frente a la escuela de ingeniería, o ver a las muchachas caminar con sus cargas de libros, despreocupadas y frescas y tan lindas, o sentadas en la tierra de nadie, al sol o cobijadas bajo la sombra de los árboles, pero siempre llenas de vida, tan pero tan llenas de vida, que siempre se les derramaba un poquito y algo de esa fuerza telúrica llegaba hasta mi y me ungía y me daba esperanzas y fuerzas para seguir adelante
Eloísa y la universidad central están fundidas al rojo vivo en mi memoria. No puedo pensar en una sin que el espíritu de la otra se materialice en mis entrañas. Yo me enamoré de la central durante esos vagabundeos mañaneros, mientras esperaba al amor de mi vida. Ese amor que tardaba en llegar y que, finalmente, nunca llegó.
Sin embargo era feliz cada vez cuando Eloísa salía de sus clases y la veía venir con sus manos de harina extendidas hacia mí, sonriendo y sus ojos verdes como un ancla clavada en los míos.
Luego regresábamos. Almorzábamos en su casa o en la mía y después nos internábamos en nuestro refugio o en el jardín, entre la parrillera y la barra del bar y comenzábamos nuestra sesión privada. Cuando la noche caía con su carga de melancolía, Eloísa se iba y yo me quedaba muy solo. Entonces me encerraba en mi cuarto y acariciaba mis moretones con embeleso, deteniéndome en los sitios más sensibles y dolorosos, o me sentaba a escribir poemas con una desesperación y una avidez que no recuerdo haber vuelto a tener.