SONIDOS SUBTERRANEOS

AUTOR: Herbert Silva

Eran las seis de la tarde y el vagón estaba a reventar. Thelma y Louise entran tomadas de la mano y el apretón acostumbrado, viaje tras viaje, les da la señal para sumergirse en el ruidoso murmullo de sonidos, voces y calor que las transforma en las “musiquitas” del subterráneo.

Guitarra y flauta en mano, buscan un espacio sin entorpecer el cansancio de la gente. Hay, además, sudor y caras llenas de incordio; no por ellas, sino por el peso del día que aún no acaba y que parece estirarse a lo largo de las vías que aun tienen que recorrer para llegar a casa.

La pieza termina – como todas - en la siguiente estación, con el aplauso indiferente y cómplice de siempre y con el paseo agradecido para sumar algunas monedas a la jornada. Jornada que para ellas, apenas comienza.

Narra la declaración de Thelma, en la estación de policía, que Louise estaba con el sombrerito de vuelo corto recogiendo las propinas cuando comenzó la aireada discusión con la señora bien vestida del asiento de enfrente.

- Pero señora, ¿por qué se pone así? Mil disculpas si la molesté...

- Perdóneme señora, pero no estoy de acuerdo con usted. Nosotras estamos estudiando y salimos a trabajar honestamente para sostenernos.

- ¿Y eso acaso es problema suyo? ¡Vieja entrometida! ¡El amor es libre! ¿Acaso usted es feliz? ¡No lo parece!

- ¿Qué? ¡No!, ¡se pasó vieja grosera!

La sangre goteaba del pómulo de la señora y la guitarra rota yacía en el piso. La gente, en medio del alboroto, tocó la alarma y entre varios hombres tomaron del brazo a Louise para entregarla.

Thelma sale de la comisaría muy entrada la noche; no le permitían permanecer allí acompañando a Louise y la echaron con brutalidad.

Ensimismada en su tristeza, camino a la pequeña habitación que comparten en una pensión del centro de la ciudad, se da cuenta que sin Louise el trabajo en el subterráneo, y su vida misma, se transforman en un solo de flauta.

Louise siempre fue la arrojada, y Thelma, la más insegura y frágil.

- Dios mío, ¿por qué? 72 horas de arresto y trabajo comunitario con presentación cada 3 días. ¡Que desastre! ¿Será que mañana lo intento? Nunca he tocado sola mi flauta en ese gentío. ¿Qué hago? ¿De algo tengo que comer?

Eran de nuevo las seis de la tarde, pero del día siguiente, y el reloj de Thelma no hacía otra cosa que girar sus agujas clavándolas en el pecho desolado de un amor que supura rabia e impotencia y a la vez suspira de impaciencia por su reencuentro.

El vagón era el mismo; la hora era la misma; las personas, tal vez, eran las mismas.

- ¡Fuera de aquí! ¡Fuera!

- No creas que hemos olvidado lo que pasó ayer con esa pobre señora.

- ¡Si, fuera!, ¡fuera!, vete con tu flauta y con tu violencia a otro vagón desgraciada...

Thelma sale a empujones del vagón. Llorando y desesperada, corre para dejar atrás los golpes tratando de recuperar el equilibrio, pero en su desazón tropieza con la escalera mecánica. La flauta destrozada, queda en el escalón que golpeó al caer.

Dos días más tarde, a la salida de su encierro, Louise regresa a la pensión con un dolor, que no llega a ser tal, en la boca del estómago; Son las 11 de la noche y, al entrar, llama a Thelma pero no la ve por ningún lado.

- Thelma, ¿dónde te metiste mi amor?

Louise espera y del silencio solitario rompe un llanto a medio camino entre la incertidumbre y la desesperanza. Sin fuerzas para seguir luchando, se dice a si misma y a una Thelma ausente:

- Prometo no confrontar nunca más a esta ciudad y a su gente absurda; allá ellos con su vida y con la manera como la entienden.

Al día siguiente, desesperada, decide ir a los hospitales. La hoja médica del deceso de Thelma dice: “fractura de cráneo en hueso occipital. Muerte instantánea”.

Louise en crisis, comienza a pasearse por los dos años de vida con Thelma y sólo consigue sonrisas, empeño, amor y ganas de vivir. Comprende que los sonidos subterráneos provienen de las almas enterradas bajo las infinitas capas de nuestra estupidez.

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