DRAMATURGIA

Crónica de invierno*
Por: Juan Martins

Esta pieza (editada, junto con otra El tiempo de oro por la Editorial «Urea». Colección Otras voces. 2002. Guanare-Venezuela), Crónica de invierno, mantiene una estructura clásica en tanto que los personajes se centran en el diálogo como medida del relato, con la invención de colocar a los personajes en primera función teatral, pero la progresión dramática que se da por medio del trabajo con las imágenes. No quiere Ravara sólo presentar una temática que ya es recurrente en él, en tanto que los personajes conducen sus apegos ideológicos alrededor de una situación inverosímil: un secuestro de la mujer por parte del hombre: es muy usado por la dramaturgia como elemento de antagonismo: la relación de víctima y victimario se consolida como tensión dramática, pero lo que va surgiendo es lo que le otorga esa funcionabilidad en el lenguaje. Puesto que el diálogo en sí mismo no da por sentado una estructura de síntesis que nos permita aceptarlo como dramaturgia. Con eso no sería suficiente, es necesario clímax, tensión dramática y finalmente el conflicto irrevocable que nos dé, en el marco de una pieza escrita, el gusto de encontrarnos con un leguaje dinámico y ordenado con aquella relación teatral necesaria. Entonces vayamos por parte, en primer lugar se registra un uso de lo signos que quiere dar por sentado el autor su experiencia como constructor de espacio escénico, por lo menos exhibe el dominio que tiene al colocar en el nivel técnico (las didascalias). Las cuales tienen en este autor una disposición simbólica y de encuentro con la escena y suele suceder cuando el escritor es director a su vez. No tanto porque ponga de manifiesto su tecnicismo sino cómo trata en este lugar las imágenes representadas. En esta pieza en particular se deja ver ese ejercicio en el que la disposición de la puesta se conduce mediante la composición de los signos verbales. Un poco más simbólico, como decía, y en otras discursivo, diría aun, «ideológico»:
Javier.— Lo dijiste tú, no yo.
Clara.— Imbécil. Inconsistente. No eres ni siquiera un torturador, eres un misérrimo filósofo de café.
Javier.— ¡Ah! ¡Estás mejorando tu lenguaje! Ya lo ve, licenciada, ya no me insulta tanto.
Clara.—¿Qué te propones?
(...)
Javier.— ¡Claro! La licenciada se maneja ahora con subjuntivos y superlativos y sin recurrir a ningún muerto ilustre, abandona el «coño de su madre» del comienzo y recurre a la más pura gramática de Andrés Bello en su polémica con Domingo Faustino Sarmiento.
(...)
El parlamento le permite a Ravara conservar los niveles pragmáticos del discurso, dentro del rigor de la dramaturgia. Con el objeto de no dispersar aquellos ritmos que deben contener la síntesis dramática: los personajes son de alguna manera componentes ideológicos o expresan el alter ego de su autor. Pero se destaca en este un rigor estético que sostiene en equilibrio su compromiso social con más en lo estético: su disciplina después de todo.

* Este análisis forma parte del libro La irónica tentación del cuerpo, Trasgresión de una poética en el teatro de Alberto Ravara

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