PublicArte presenta el domingo 25 de mayo a las 11 a.m en la Sala Cabrujas de la 3 avenida de Los Palos Grandes , su más reciente publicación de la colección dramaturgia: “Compadres” escrita por Javier Vidal Pradas.
PublicArte presenta el domingo 25 de mayo a las 11 a.m en la Sala Cabrujas de la 3 avenida de Los Palos Grandes , su más reciente publicación de la colección dramaturgia: “Compadres” escrita por Javier Vidal Pradas.
GUSTAVO OTT NOMINADO A LOS HELEN HAYES AWARDS
“Momia en el Closet” es un musical original de Ott, que cuenta “una historia sobre el inicio del macabro latinoamericano” a través del periplo del cadáver de Eva Perón. Para Ott, la pieza es un argumento “poético pero político” sobre los antecedentes de la Guerra Sucia en el siglo XX suramericano. “La idea era hablar sobre lo macabro en nuestro continente; sobre cómo la relación que tenemos con el poder parte de una idea perversa de lo trascendente. Entre nosotros, sobrevivir a la muerte, física y política, es un camino irreal hacia lo macabro.”
Los otros autores nominados para este año son “The Rise and Fall of Annie Hall”, de Sam Forman, Theater J; “Eclipsed”, de Danai Gurira, Woolly Mammoth Theatre Company; “The Bread of Winter” de Victor Lodato, Theater Alliance; “Antebellum”de Robert O'Hara, Woolly Mammoth Theatre Company; “Momia en el closet: The Return of Eva Perón” libreto de Gustavo Ott, GALA Theatre.
Medea, la arquitectura del poder (I)
Evocación del dolor*
A Nicanor Cifuentes
La palabra evoca su dualidad, su doble expresión contiene —quizás internamente— un discurso que lo define, lo edifica en otro. Si digo «bandera» lo asocio a cualquier momento histórico. Si anuncio, la palabra en sí, se hace signo, vocablo pero también corporeidad: dolor, amor, odio, expresión, cuerpo y finalmente emoción la cual se presenta como signo convencional de un discurso que tiene sentido y al mismo tiempo quiere «mostrar» su visión de la realidad o de la historia. El teatro es eso: cuerpo, sustancia del texto o la consecuencia de aquel discurso. De alguna manera —no sé cómo— el cuerpo es la unidad de las emociones del espectador. Para él la obra de teatro ha funcionado porque sus emociones se han corporizado. Y si digo que las emociones han adquirido ese nivel en el espectador es porque el discurso —quizás teatral— ha funcionado en ese contexto. Así que el signo teatral no es sólo un hecho convencional (y esto es una herejía semiótica). Sino que se flexibiliza haciéndose «deseo» en el texto (como quería Ronland Barthes, cuando se distanciaba de la ciencia). Búsqueda alterable en cuerpo continuo, temple, ritmo, cadencia poética: actuación. Entonces —queridos espectadores— somos cuerpo y comulgamos en esa relación con el otro. El signo es una alteridad porque vocaliza con el espíritu que nos constituye en el otro que «ve» aquel otro cuerpo del actor y cuando el texto, junto con el dramaturgo (al cual prefiero llamar poeta) —ahora sí lo digo—, comprende que el lugar lúdico de la palabra le viene de ese distanciamiento consigo mismo, consigue en ese instante introducirse en la sensibilidad de quien recepta su obra. La palabra en él es el éxtasis de su encuentro que se hace síntesis en lo que será, en el contexto de la obra, el espacio escénico representado. Todo está sujeto a esa dinámica espiritual cuyas formas están contenidas en el arte. Por eso decía que nada es convencional, puesto que ese cuerpo está (lo estará) en proceso de constituirse. Las nuevas tendencias teatrales no son más que parte de ese mismo cuerpo y, como cuerpo que es, adquiere belleza, sentido, ética, expresión y finalmente condición humana que es de lo que estamos hablando. Esa condición humana es la búsqueda de todo dramaturgo al encuentro con su propia poética de las emociones.
Esta idea «renacentista» del teatro (si se me permite el término) no es más que una racionalidad de Dios. Espíritu (entendido en el lugar de las emociones) y cuerpo se identifican mediante el signo teatral. Pero todos sabemos que es una construcción del cuerpo que se hace sustancia. La corporeidad es la forma física de la racionalidad del aquél espíritu. De esta manera la palabra es un rito en el dramaturgo cuya religiosidad se da entre el pensamiento y la noción de Dios. Catarsis del cuerpo en la expresión del actor. El actor antecede al texto dramático porque el dramaturgo sensibiliza su estado emocional en el(los) personaje(s). Pero está seguro que esos personajes son (o serán), insisto, el estado emocional del actor. Si quiero entender, claro, que esa emoción ha pasado por un período de racionalidad será también una emoción intelectualizada. A la vez de «distanciamiento poético» como se lo exige su disciplina. Y si queremos entender que comulgo se hace presente el rito cuando se socializa en la relación público-representación-espacio escénico. Si por una parte esa relación se pierde en mucho de lo que ahora llamamos teatro, dejamos de un lado aquella condición humana de ascenso espiritual y de hallazgo intelectual. El arte establece esa concepción cuando entiende que el objeto artístico no es un fetiche sino una elaboración estética de aquel estado espiritual: conceptual, sí, pero también emocional. Es cuando el hecho estético se identifica con ese público que espera del artista que lo contenga, que le imponga sentido a su «cuerpo» (su existencia). Allí, en cualquier momento, el arte está ejerciendo su función social. Vuelvo a decirlo: a la catarsis. Sin saberlo, cuando una obra alcanza esa conexión con el público está en procura de aquella reciprocidad: la identificación del público con la obra no es sólo un acto mediático es además un encuentro. Por ejemplo, esa relación puede estar en una pequeña sala con poca audiencia, pero la construcción estética se está dando a lugar. Si ejercemos el sentido contrario de esa relación estaremos haciendo del actor un fetiche y él será libre de desempeñar esa función mediática. Entonces si a eso se le ha estado llamando teatro se hace necesario redefinir el término a cien años de la muerte de Alfred Jarry. Se nos atribuye esta necesidad no por decadencia de un género, sino por definición de una tendencia, de una manera de hacer teatro, de una necesidad natural de rebelarnos. Y es cuando, desde esa definición, la poesía —en el ejercicio mismo del poema— sustituye el escenario. Queda mucho por hacer con el espectador, sin embargo, en ese quehacer la condición humana no debe perderse ante la ventaja que ofrece, en cambio al artista, lo mediático. Entender también que el espectador es parte de esa corporeidad del pensamiento: la representación es una imagen que se funda en, éste, el espectador. El dolor, por ejemplo, es una emoción que se arraiga en muchos personajes desde la modernidad: «Hamlet» es la identificación de ese sentimiento. Lo épico de ese personaje es conducido por un movimiento interno. Y ese «movimiento interno» (léase ahora dolor) se da por medio de aquella catarsis. Y se corporiza puesto que es una emoción que está hecha estéticamente para que el actor la corporice y le dé identidad humana, espacio escénico.
Si trasladamos ese dolor a una racionalización del contexto político que quería representar Shakespeare es natural que deduzcamos el profundo carácter ético del teatro de éste. Una apariencia ingenua de la política, pero que se introduce en el pensamiento. Con todo, estoy convencido de que el teatro no es un entretenimiento, más bien, son las reglas de un juego con un alto sentido de humor. A estas alturas quién se atreve a negar que Dios no tenga todavía un alto sentido del humor. Y que también se equivoca. Con esta definición de la emoción, en un sentido más general y menos individualizado, Brecht —aunque no se lo propuso— se identificó con esa necesidad emocional del espectador. Pero aquél movimiento interno, en uno y en otro, era el mismo: «el dolor». En otros, el amor. Todos se recogen en un gran tema. Nadie ha dicho que es una tarea fácil conectarse espiritualmente con el público. Tanto es así que algunos (en el rigor del dramaturgo) se agotan en el intento. Se agotan, como podemos observar, los discursos hegemónicos. Es cuando el alma toma partido y surgen nuevas voces.
* Dada lo actualizado que parece este articulo (al menos así lo pienso), pongo en discusión ahora quiénes son los que establecen y «ejercen» el nuevo stablismenth. Cuando, a los ojos y oídos de todos, hemos visto como dejan fuera de subsidio a una lista de agrupaciones, de probada trayectoria, por ser consideradas agrupaciones «perversas» (o por allí va la cosa) en el mejor intento de exclusión del pensamiento. De tener esto esa finalidad tendremos en la historia un triste recuerdo y desconocimiento total por el teatro venezolano en una medida desproporcionada.
Dramaturgia en la red
El Teatro San Martín de Caracas ha lanzado sus “Cuadernos Digitales”, un espacio en la red que pondrá a disposición de los interesados y de forma gratuita, los textos teatrales que han sido llevado a las tablas por esa institución.
La pagina del teatro (www.tsmcaracas.com ) ha incluido en su contenido varias piezas, incluidas las del Proyecto Padre: obras José, una propuesta de gran envergadura en el ámbito de la dramaturgia que se planteó entre el 2007 y el 2009 y pudo cumplir con el público al hacer realidad el montaje de originales historias de autores de ocho países iberoamericanos.
Gustavo Ott, Director General del TSMC, explica que los Cuadernos Digitales llenarán un vacío que existe entre el público y la obra que ven representada, es decir, la posibilidad real de tener el texto escrito en sus manos luego de verla sobre el escenario. “Creemos que, en un año, podamos tener publicadas casi todas las obras montadas en nuestro teatro desde 1993”, afirmó.
Reino de Bambina
Un día en el Reino de Bambina de Alberto Ravara y dirigida por Nino Villezuá me permite encontrarme con actrices a las que he visto desarrollar su trabajo. Otras actrices y actores aquí es la primera vez. En ese caso voy a desglosar algunos aspectos conceptuales de la estructura actoral. Permítanme entonces decir que la actriz María Elena Duque, «Reina glotona» pone de manifiesto su condición de comediante, esto es, la capacidad de desarrollar todo el nivel lúdico que exige un espectáculo infantil cuando construye su discurso desde el «habla» del personaje. El signo verbal aquí pasa por un proceso de construcción: giros del habla, acentos, intenciones (acto de habla) se componen en el marco de su personaje a objeto de que tal comicidad nos llegue en la descripción de aquello que nos hace reír, aquello que se edifica en lo gracioso. Así que el «habla», como parte de la estructura del lenguaje, es el nudo de significación en la obra: el sentido adquiere en el niño la modalidad del humor con el que se representa. La actriz, María Elena Duque, articula el lenguaje en función de esa organización de la comunicación mediante el ritmo y el registro del gesto, creando en el niño su funcionalidad didáctica. Es decir, el niño (en tanto es público como parte del espacio escénico) reconoce en esa representación lo ficcional del personaje: «lo villano» lo acepta en ese orden de lo cómico o de lo que le «parece» a éste gracioso. Los niveles de conciencia del niño (y estamos señalando sus niveles ilustrativos) estarán en la recepción del espectáculo. Desde aquí se centra la estructura de la actuación: el ritmo y la eficacia del movimiento ponen en orden el discurso: simetría-espacio-color (vestuario) como dispositivos que organizan el uso de aquel espacio escénico en procura de la síntesis y la sobriedad. A partir de aquí, insisto, la construcción se ordena en la gracia y el divertimento. Y los niveles de actuación son coherentes en el resto del elenco. Con todo, ha sido placentero encontrarme con esta actriz en el progreso de su comicidad. Un tanto en ese nivel se sostiene la actriz Lilybell Trejo en la representación de «Juglara». Una labor ordenada, simétrica y de ritmo, hilvanando aquel sentido de humor que le exige la obra: la gracia, el adecuado vestuario, los giros verbales y el uso del juglar ascienden en la alegría del público. Estoy seguro de que esta actriz va a entregarnos nuevos registros en su devenir: talento y dominio en la escena y ¡vaya que hallamos talento en esta joven! Esa sobriedad la llevó en la disposición orgánica de su representación. Dispone de una carga semántica en todos sus signos con cuidado y dominio del movimiento, pensando siempre que se está dirigiendo a un público muy especial: los niños.
En esta coherencia de elementos se sostiene Maily Maurera («Anita Tropas»). Su ritmo, el cual subraya el humor, da continuidad al discurso actoral al que hago referencia. Me ha sido, además de divertido, gratificante encontrar estos niveles actorales en estas tres actrices.
Los actores, por su parte, mantienen la estructura de la representación pero sin acentuar aquellos elementos del ritmo. Sólo eso, sostienen la composición. Lo que no quiere decir que no puedan trascender en esa búsqueda. Hay que destacar, en cambio, la presencia del niño Alejandro Maurera en el rol de «Pichón de Monstruo» en compañía de Tomás González como «Monstruo de Cobalandia», quienes nos devuelven la gracia y la edificación del divertimento. La escenografía y el vestuario a cargo de Héctor Becerra trazan las condiciones del espacio escénico: la sobriedad y el color componen tal espacialidad, acentuando también el texto dramático y el perfil de los personajes: el carácter épico del relato infantil. Estoy seguro de que el público sabrá agradecer.
El espacio vacío del amor (y II)
Por: Juan Martins
(Este artículo es continuación del publicado el número anterior)
El espacio es «vacío», sí, pero contenido. Contenido en el cuerpo del actor. El mejor ejemplo de esto lo tenemos en la coherencia con que la exhibe su elenco. Debo destacar, en este sentido que expreso, la actuación de Marisol Matheus (en representación de «Madre-Tía-Esposa»). Alcanza ese nivel emotivo de los personajes mediante la (des)construcción del signo: el cambio de registro, la expresión orgánica del movimiento, junto con la simetría del desplazamiento nos permiten decir que esta actriz interpreta, en esa unidad del pensamiento que define al teatro, lo que significa aprehender el espacio y la estructura de esa significación: la (des)construcción del signo nos devuelve sentido en la escena. No hay exceso, sino construcción. Y esa construcción es simbólica. Lo cual se cierne en el público con toda su carga emotiva. El público, más temprano que tarde, logrará discernir ese goce estético. La estructura actoral mantiene ese nivel discursivo. Un tanto vemos en Eulalia Siso en el rol de «Antonia»: se reiteran como logros cambio de registros y corporeidad escénica: el hecho lúdico se erige en la racionalidad de la emoción: la emoción es, vuelvo a decirlo, cuerpo actoral y continuidad de aquel espacio escénico. Por su parte Beto Benites («José») afirma este compromiso estético. En él, el tratamiento del silencio (como decodificación del texto dramático) se formaliza en el uso de una actuación también orgánica, en la que la síntesis se impone: no se desborda, las líneas de su expresión corporal van acompañadas de un cuidado al rol que representa: un personaje que está entre los límites de lo real y lo soñado: «José» nos sueña: somos él en la medida que nos involucramos en su historia y conduce con ello la narrativa de esta dramaturgia: otorga linealidad y continuidad en el relato teatral: de allí que notamos cierta cadencia en sus movimientos, en su «sentir» sobre el espacio escénico como para centrar la lógica de ese relato y la continua mirada del público. Aunque pienso que las transiciones entre lo soñando y no/soñado debieron demarcarse o diferenciarse, uno de otro, en la representación. De modo que el espectador tenga tiempo de establecer una realidad de otra. Sin embargo así lo decide la dirección del espectáculo. Es una opción (no siempre el público cae en cuenta de esas diferencias). No sé por qué razón encuentro en otro nivel a los jóvenes actores que acompañan al elenco. El desarrollo de la actuación (tanto en Oscar Salomón en el rol de «El Jefe-El hijo» y Orlando Paredes en el rol de «Padre-El Otro» respectivamente) adquiere su funcionalidad. Pero hasta allí. Habría que evaluar, en rigor crítico, esas posibilidades en estos actores jóvenes que hacen visible su talento y pueden, por el contrario, ascender en la búsqueda de ese discurso simbólico y estructurante que significa «Jardín de pulpos».
La distancia de ver una sola función limita ese rigor crítico que apenas puedo sostener. No creo en una crónica de una función de una sola noche, más bien, en una crítica sostenida la cual pueda conceptualizar aquellos aspectos del actor/la actriz. Pero la puesta en escena es rigurosa y exige esos niveles de disciplina en el contexto de un teatro venezolano muchas veces mediatizado por el efecto de la taquilla. Y hacer presencia en este espectáculo es un acto de amor. Necesario. Y exige por parte del estado mirar hacia un lugar diferente, diría, en el marco de aquella mediatización, irreverente del teatro venezolano, donde la belleza es presencia: el teatro como arte. Muy ajeno de lo ideológico y de la ceguera burocrática.
Yo soy John Lennon
[…]
Pablo.— Han pasado tres días y nada de Cuchi cuchi. Hoy es 4 de diciembre y si vos sabés sumar quedan 4 días para el 8 ¿Crees que el Dr. Strawberry te va esperar toda la vida? ¿Cuándo te lo tirás y salimos de esta?
Juan.— Todo lo ves fácil y chévere, pero yo no soy tú... tú no eres yo... estamos hablando de la dignidad.
Pablo.— La dignidad se lleva adentro. Aquí lo que importa es el público, él éxito que nos espera, el triunfo...
Juan.— Yo quiero triunfar, pero no a cualquier costo...
Pablo.— ¿Cuál costo? Es cerrar lo ojos, cuchi cuchi y listo, no te van a cambiar el cerebro. Mirá, si querés yo mismo te dejo que me hagás lo que quieras después, es más, todos nos vamos a dejar...
[…]
Así que, por ejemplo, la corrupción moral de lo latinoamericano queda expresada mediante la instrumentación de ese humor. Es cuando se figura lo lúdico como recurso literario que se ve sostenido en esa mirada sobre la vida de los otros personajes a partir de referentes diferenciados, John Lennon: «… Ricardo.— Yo no sé si él es John Lennon, pues no sé quién es ese man, lo que sí sé es que él (señala a Juan) ya no es Juan. No habla como Juan, no actúa como Juan y dices cosas bacanas que no diría Juan…» Desde esa subjetividad de los personajes se nos va presentando, en esa relación del texto dramático, el nivel de su alteridad, la composición del otro. El personaje es el otro para «artificiar» la realidad. Esto es, la posible representación de lo ficcional: es «el otro» en el lector, puesto que éste, el lector, reconoce aquel referente: John Lennon. Colocado en esas condiciones, para el lector-espectador eso no será sino gracioso. Cumple su función. Entonces lo idiosincrático del lector se pone en marcha por medio de este humor. De allí la construcción de la comedia. Es dramaturgia y no simple comicidad que, como sabemos de esta «simple comicidad», se presta a la risa fácil al primer postor. Es dramaturgia siempre que este regodeo con lo ficcional sea parte del rigor literario. Y lo es.
El autor va sustituyendo la personalidad de sus protagonistas (la locura como entidad estética) Juan/John Lennon y en Yoko/Yokasta y así respectivamente en el resto de los personajes, unos más conscientes que otros de las diferentes «realidades» constituidas en el texto dramático: locura/ cordura como eje de dicotomía semántica. Esa transgresión de la realidad la introduce en un elemento de locura como hecho inverosímil. Y esto factible, tal relación con la locura es por una parte legítimo en el hecho dramatúrgico, pero a su vez un mecanismo sencillo de resolución dramática. Como dije, es legítimo. La locura, el humor, la sustitución de la personalidad transgrede una realidad en otra como categoría de lo fantástico al nivel de la comedia. La sintaxis del relato teatral se desarrolla conceptualmente a partir de esa estructura con éxito. Quizás podemos preferir mayor intensidad en el tratamiento poético de ese relato, ya que, se apoya en el hecho ficcional de la locura. Sin embargo el autor es honesto cuando nos deja la propuesta en el componente de la comedia. Es todo, nos hace reír con buen gusto. Y, lo sabemos, no es fácil.
El actor que no desea interpretar al «Capitán América»
Escribir liberado significa escribir con una «emoción intelectualizada». Esto es, encontrar en los estados del inconsciente todo cuanto se pueda dar en el escritor: en cualquier cuerpo escritural se halla la plástica de su expresión, el ritmo, la cadencia. En ese caso, como en el poeta, el desarrollo de la emoción en esa escritura, adquirió, por ejemplo, en Artaud un nivel de revelación y de ruptura ─lo que es una buena parte de la historia del arte contemporáneo─. Es decir, poner en un mismo lugar al poema y al teatro. Lleva, esta forma libre (toda escritura es un acto de libertad), a coincidir con las condiciones de la intuición, lo simbólico y el lenguaje con la poesía. Es un teatro que estamos necesitando en el rigor con la palabra. Joan Brossa (1919-1998) fue el poeta vanguardista, además de dramaturgo, catalán por antonomasia del siglo (X) y es también un buen ejemplo de esa tradición. Así que el actor y el espectador estarán ante una nueva experiencia de ver la poesía en el escenario. Digo esto porque he leído recientemente en dos autores venezolanos: Gustavo Ott con su obra Chat (léase mi artículo en www.criticateatral.wordpress.com) y, desde otro perfil escritural, Polvo de hormiga hembra de la escritora Yoyiana Ahumada. Dos referentes que me permiten decir que hay una inquietud la cual nos refresca la mirada. Toda ruptura produce curiosidad.
Digo eso por lo que he venido sosteniendo en mi condición de crítico: el desarrollo de la intuición (sólo por poner un ejemplo de lo que conocemos bien de la poesía) hace del teatro una reunión con el silencio. No para negarla, como directamente se ha querido hacer ver, sino para afirmarla, dejarle su mejor sustancia: devolverle su relación orgánica con el intérprete. No sé en qué instante la literatura, con la poesía, se separó del canto y de ese intérprete, el actor. Como sabemos, la clasificación de los géneros ha conducido a ver el actor como intérprete pacato y limitado en su conceptualización. Se le impide manifestar una lectura sensual con la palabra, hemos dicho orgánica. Esta experiencia orgánica no ha sido considerada dentro de una nueva teoría. Al punto que el crítico poco piensa ─y menos organiza en su escritura─ estas posibilidades de discernimiento que permitan hallar formas expresivas en el actor y, por consecuencia en la dramaturgia. En todo caso, debe seducirnos el hecho de que la estética del actor adquiere su propia solidez en la misma medida de esos hallazgos con la poesía. Sólo que, por no ser una experiencia registrada, se ofrece una resistencia a introducirnos complejamente en el asunto: dejarle el teatro de risa fácil y cómoda a los dueños de las salas y no a los dramaturgos.
Por una parte está el hecho de cómo interviene la formas orgánicas del actor y, en segundo lugar, cómo ese instrumento orgánico desplaza su relación con el público. Estoy seguro de que el público se merece un poco más de inteligencia, un mejor gusto por el arte. Y no dar por resuelto que este público ya no tiene tiempo para reflexionar. Ese silogismo pone en el mismo lugar a Shakespeare y
La estructura poética del dramaturgo, del texto, se interpreta con el actor. No es suficiente una «lectura lineal». El texto es precioso con toda la sensualidad del papel y la lectura lo cual lo hacen un arte en el libro lo suficientemente consistente e independiente. Pero aquí me detengo. Puesto que el teatro es esto y algunas cosas más. Insistamos en que el actor es aquél lector que determina un cambio en la primera forma del texto. Él adquiere de su lectura todo el proceso intelectual necesario, a fin de que logre acceder a una realidad alterna cuya expresión vaya más allá del desdoblamiento conocido. Y conquiste de su oficio un registro ascendente de su propia mirada. Mirar sobre sí mismo. Encarar una posibilidad más abstracta de lo que pueda componer. Siendo así, el ascenso es, a un tiempo, caída hacia el silencio. Porque ha tenido que deslastrar aquella idea que le hace ver la actuación como un portento artificial y artesano. Significa descartar una postura fácil, muy común en el medio actoral e ir un poco más allá. Esto es bueno para todos. Aplaudo esta iniciativa. La necesitamos.
Crónica melancólica del espacio
Juan Martins
El espejo, escrita y dirigida por Marisol Gómez, representada en la Librería Las Musas, la cual se nos expone como una experiencia auténtica. Lo es en la medida en que la representación se da en un espacio no convencional: dos actrices movilizan las condiciones del texto en el marco de una propuesta sencilla, pero rítmica y entretenida: el lenguaje (su uso en el espacio teatral) es lo que estructura la propuesta de teatro breve, quizás, corta y finalmente compuesto. Y aquí lo que entiendo por «compuesto» es que, sin mayores ambiciones, esta joven agrupación introduce una performance (por más sometido que esté el término) cuya teatralidad se da justamente en las destreza del diálogo: un personaje determina la acción del otro que es a su vez su propio reflejo: son espejos de sí mismos: el público recepta lo lúdico porque es un juego sencillo que de alguna manera lo hemos hecho real en nuestras infancias y ahora es, ante el público, una modalidad teatral. De allí que disfrute el «evento» -así prefiero denominarle- como expresión de la alteridad de la realidad o, hablando un poco más claro, como un acontecimiento estético.
Así que la representación formaliza tales condiciones para el espectador: la diversión que se sostiene viene dado por aquel hecho lúdico. El diálogo breve le otorga el ritmo con el cual introduce al público en su finalidad teatral: la comedia; una mesa, dos sillas y dos actrices, una frente a la otra como reflejo de sí mismas. La agrupación, «El Teatro de la Uva», se atreve. Y lo logra. Tanto la actriz Adriana Bolívar y Gilmar Bastardo respectivamente lo constituyen sin mayores exigencias. Es decir, reconocen sus limitaciones expresivas y desde ese contexto desarrollan su discurso. Es breve, conciso, pero, como decía, estructurado, dinámico. Y así se define esta agrupación: hacedores de un teatro independiente en la búsqueda de nuevos espacios. Y, hasta este momento, son coherentes con la propuesta. Lo importante acá no es tanto los niveles alcanzados, sino su parte esencial del discurso: lo independiente requiere la búsqueda de lo auténtico. Y allí están integrados a nivel de dramaturgia, producción y finalmente con la actuación. Se sostienen desde la necesidad de hacer un teatro de rigor estético y una disciplina de vida, al que han denominado como cortoteatro. Decir esto no es nada nuevo, asumirlo, en cambio, como experiencia estética es lo que establece la diferencia: admitirlo como discurso, como experiencia potencialmente profesional. Ahora que lo «profesional» se deja en discusión, pasa a ser un término conceptual que se somete a redefinición y a la posibilidad del discurso. No sabremos si esta agrupación alcanzará estos fines. Sólo la experiencia los introducirá en el teatro venezolano. Y si digo «teatro venezolano» es porque así se han definido. Creo que, en el orden de la propuesta, les viene bien una redefinición estética desde el mismo proceso creador. Quizá sea el tipo de experiencia que admite el público. No sólo lo admite, se entretiene con él. Se recrea en un evento que es breve. Y es esta brevedad es la que quiero destacar. Desde luego que la brevedad por sí sola no será suficiente. El ritmo lo sostiene y argumenta esta búsqueda de síntesis dramática contenida de gracia, acción y, vuelvo a decirlo, de dinámica en relación con el espacio teatral. Por su parte, nada nuevo hay en el texto de los diálogos. Incluso, poco argumento literario. ¿Dónde está entonces el logro? En la sencillez. En el uso del espacio actoral y la corporeidad del actor en él: todo aquello que le otorga teatralidad en ese contexto de brevedad teatral. Es el riesgo. Y es lo que estamos necesitando: riesgo, búsqueda. Esta instrumentación del espacio se somete a la posibilidad de nuevos discursos. Ya intentarlo en un contexto cultural alienado es un acto de valentía. No es casual que venga de este grupo de jóvenes. No sé si irreverente, pero sí de riesgo. Lo cual nos pone a un nivel de la experiencia humana del teatro, lejos de la comercialización y la mediatización. La búsqueda se da a lugar. Está por (re)definirse en esa construcción estética. De continuar organizando su experiencia, estamos ante un nuevo grupo emergente. Y eso produce placer estético para los espectadores como para sus creadores. Mucho tienen por delante estas jóvenes actrices que delimitaron su recursos en la representación de lo exigido: una frente a la otra sin que el desplazamiento las delatara ante un compromiso mayor: gestos necesarios representados sentadas y sobre el eje de la actuación: no ir más allá de lo que tienen: decir desde su reales posibilidades. Y eso, hasta donde lo entiendo, es honesto.
DRAMATURGIA
Juan Martins
Es saludable describir cómo desplaza el actor su yo personal hasta separar su forma de alteridad. Muchas veces, lo hemos denominado desdoblamiento, obtener la posibilidad material de ser otra persona. Esto es, una alteridad, un juego de realidades en el que el actor recurre cuando compone las características del personaje que interpreta. Es cuando se establece una relación sensual, y si se me permite el término, se crea una plasticidad semántica. Ya que, al momento de la interpretación, el contenido del personaje, junto a todos sus signos y significados, es desplazado a un espacio y tiempo real, una vez consolidada esa corporeidad en la puesta en escena. Y eso es un acto espiritual también, no sólo racional.
[..este constructo aquí se me da porque encuentro desde el actor su lugar espiritual de la representación: es un contenido de significación que me lo dan los signos con que el actor se representa. No es un método cerrado, sino abierto a esas «significaciones». Invierto el proceso y voy desde lo intuitivo e irracional hacia lo racional para poder identificar —más allá de lo psicológico—gran parte de sus sensaciones, del registro orgánico de la actuación. Y quiero entender que lo orgánico puede adquirir aquel nivel espiritual del oficio. Es cuando nos encontramos con puestas en escenas que nos dan regocijo, satisfacción espiritual: puede ser durante toda la obra o en algunos fragmentos de ésta. Pero por lo general, como en la poesía, es un instante que nos atrapa a los espectadores, nos hace responsables de un teatro efímero para decirlo en palabras de Alejandro Jodorowsky. Esa relación efímera con el teatro es, en ocasiones terapéutica. De alguna manera es un alcance espiritual de la obra cuyos significantes sólo se explican desde ese proceso invertido. Una vez más entramos en una relación diferente del sentido, de lo que comunica la obra]
Lo digo así por una razón muy sencilla: el proceso no es igual en cada personaje, en cada actor, [cómo no puede serlo en cada investigador] es un vértice de posibilidades interpretativas, por consiguiente, discursivas: el cuerpo dice y desdice, interviene de modo polifónico, el cuerpo actúa en función de la palabra para unirse armoniosamente, cuya expresividad decodifica la naturaleza del actor. Esta interpretación del actor, transfiere la palabra en acción, en la decisiva puesta en escena y de aquí su plasticidad, su sensualidad. Pero tal sensualidad compila los signos que, inconsciente o deliberadamente, han estado en la imagen del autor. El autor, y lo sabemos, ha dejado decisivamente establecido el signo y cómo descifrarlo a través de los diálogos o indicios, dirigidos a la comprensión del intérprete.
La puesta en escena viene definida, pero el actor, con arrogancia, crea nuevas posibilidades enriqueciendo el texto de nuevas expresiones. Esta intertextualidad, natural en el teatro, concibe lo que hasta ahora hemos indicado como alteridad poética del espacio actoral.
(*) Fragmento del libro El delirio del sentido —para una poética del dolor y otros ensayos—, próximo a editarse.
DRAMATURGIA
—a la perspectiva de una crónica—
Juan Martins
La relación que existe entre la sociedad y el arte se estrechan cuando se hace presente el vínculo con la comunidad. En estos momentos la experiencia con los niños es directa, humana y parte de ese nivel sensible al momento que nos encontramos en la Escuela Básica República de Venezuela en comunidad de «Coche»: niños, docentes, padres y representantes. Poco antes de comenzar la función, el arte interviene en ese espacio físico que denominamos «escuela». La escuela, como hecho socializante, es intervenida por la agrupación del estado Carabobo, Gota dulce. Todo es diferente. El sistema (entendida en su paradigma actual) se (des)aliena para considerarse, en cambio, el proceso sensible al que hago referencia. La estridencia no molesta en estos momentos. Adquiere una sonoridad que entendemos como alegría, entusiasmo y calidad humana la cual se edifica en la acción solidaria de la actividad. Tenemos de estos niños su mejor momento: la alegría que les produce cuando su escuela está siendo intervenida por las condiciones que exige aquella teatralidad a la que se dará a lugar. Así que los técnicos hacen el ajuste necesario. Se entiende que ese ajuste está en relación con un espacio cambiante, dinámico. No supera la realidad, se alterna a ella. El entusiasmo continúa en ese ritmo poco antes de que anuncien el espectáculo. Trato de definir aquí la relación entre la propuesta conceptual de la muestra y esta experiencia social cuando la vives en forma directa y, como es natural, desde esas condiciones sociales: la necesidad que tienen nuestras escuelas de que sean intervenidas por lo estético. Nada sencillo, pero la candidez del evento es sin lugar. Lo que no suele suceder en estos espacios cuyo proceso de aprendizaje se presenta, muchas veces, cerrado y ahora con la profunda necesidad de cambiarse. Ante ese hecho, con la gracia, el ritmo y la comicidad se nos representó el espectáculo mediante la técnica del «títere de mesa» como tradicionalmente lo conocemos.
En ese sentido han mantenido una relación directa con el público infantil. Este público al que, hasta ahora, he venido definiendo se introduce con el entusiasmo a lo que es para ellos una nueva actividad de aprendizaje. Los niños están encantados ante esa experiencia. Incluso, eso permite que tengamos lo mejor de los espacios educativos: los personajes figuran su condición para que encuentren lo mejor de los niños. Es decir, que ellos formen parte del espectáculo. La representación adquirió varios niveles. En primera relación, los títeres de mesa, en otro diferenciado, el actor (desarrollando varios personajes). Los títeres se integran, componen esa entrar y salir del teatrino. A modo de que la condición ficcional del espacio teatral se vea desde diferentes perspectivas. Actor-Títere-Representación= discurso escénico. Este es un mérito del trabajo. El hecho técnico se ve consolidado. Es en sí una búsqueda interesante. Se integra a una experiencia diferenciada, puesto que los títeres no sólo son representados en el nivel tradicional sino que nos encontramos con ellos al nivel del actor. Entran y salen del teatrino, acompañan al actor en esa experiencia. Ahora considero que la agrupación, en ese proceso de búsqueda, es importante que trabaje con rigor la sintaxis del relato teatral, el hecho de que la dramaturgia acompañe la experiencia desde la disciplina de este género. El rigor, permitirá alcanzar en un mayor nivel el discurso de esta agrupación que se nos exhibió con un manejo interesante el cual, además, hacía placentero dicha representación. El discurso del género en una dimensión de experimentación o búsqueda de su propia poética.
Un continente físico en acto emocional
por Juan Martins
Juan Martins: ¿Cómo constituyes tu proceso creador, es decir, por lo que puedo ver de tu trabajo me permito preguntarte: cómo te gusta contar, relatar o prefieres en cambio que la imagen constituya ese proceso?
Armando Holzer: Cada proceso es antes que nada el encuentro particular con un deseo que a su vez topa con un material que bien puede ser una imagen, una sensación, una voluntad que sirve de punto de partida y se articula a través de un texto dramático y en consecuencia de un continente físico o plástico a través del cual permanentemente viajo. En este caso evidentemente literario.
J.M.: Entendía para su momento de mi crítica a tu espectáculo Ella imagina, que estabas de acuerdo en lo que allí sostenía. Con tu permiso voy a citarlo de nuevo acá, a pesar de lo extenso, porque pienso que exige su reflexión, nos exige que tenemos que pensar al teatro como categoría de conocimiento: «el lenguaje de esa puesta en escena se sostiene alienado a la representación actoral. Así que la representación va hilvanando, sobre un mismo eje escenográfico, una estructura narrativa que lo hace en sí mismo un compromiso estético: un relato el cual nos mantuvo durante una hora y cincuenta minutos atentos a la tensión emotiva que se produce. Esto quiere decir que la «sintaxis del relato teatral» se define desde un material literario.... » ¿Podríamos juntos reflexionar sobre esta idea para dar inicio a esta entrevista?
A.H.: Creo hasta donde entiendo que estas hablando acá de varios aspectos que tendríamos que ordenar y enfocar. Ella Imagina, es en inicio un relato que posee la fuerza de lo oral, de la conversación en cotidiano, que no pretende ser otra cosa más que un acto confesional. Que pienso fue escrito con la intención de ser básicamente leído y no representado. Ya que a pesar de que el autor recurre a algunos elementos prestados de la dramaturgia (como las acotaciones en referencia a espacios que no tome en cuenta) y que el personaje narrador habla en primera persona. No hay acá intención de tramado relacionado a lo que tradicionalmente conocemos como acción dramática o de dialogación hilvanada hacia segundos o terceros, ni si quiera de modo monologado como lo organice para su representación. Por lo que el relato esta claramente marcado por esa relación que se establece naturalmente entre el texto literario y la libertad imaginativa del lector. La escogencia de Ella Imagina como material consecuencialmente dramático no es accidental dentro de mi trabajo, ya que, si bien es cierto que provengo del Teatro mi experiencia narrativa abarca por igual trabajos «performativos» y montajes con compañías de danza como Acción Colectiva. Opera, Café Conciertos, Vaudeville, Cabaret o el género de Carpa mexicano. En donde, como verás, los puntos de abordaje son diversos y me relacionan a modos de relato y universos personales en la manera de articular aquello que deseo expresar.
De niño me enviaban a dormir la siesta obligatoria que a la larga se transformó, en todo un universo que transcurría a espaldas de mis mayores y en un espacio en el que me tenia que fingir que dormía, por lo que no es extraño que halla elegido el texto de Millás y lo halla ubicado en esta cama en donde se desarrolla prácticamente toda la obra.
Respecto al trabajo actoral, pienso que afortunadamente mi encuentro con una intérprete, con una sólida formación en un país, donde la mayoría apenas articulamos una oración completa (nótese que me incluyo). Donde campea el analfabetismo emocional, las interpretaciones tonales a priori, la reproducción de clichés de naturalidad «Televisiva» o, por contraste, las actuaciones de retorcimientos físicos de onda «experimental intensa». Es «interesante» encontrar una persona dispuesta a dialogar creativamente, lo considero de por si un hallazgo que en mucho apuntaló el trabajo.
J. M.: Es un estimulo, decía, conocer este nuevo estreno de Armando Holzer en Venezuela. Me refiero al espectáculo «Ella imagina», basado en el texto homónimo de Juan José Millás (Alfaguara, 1994), preparado para la agrupación teatral «Coordinación» de San Felipe y producido por ti, puesto que me encuentro con un espectáculo que se sitúa fuera del establishment . ¿Estarías de acuerdo con esta afirmación y si es así: cómo visualizas este espectáculo en el marco del teatro venezolano. Puesto que pienso que es un trabajo estructurado, lleno de emociones y de edificación actoral. A mi modo de entenderlo, dimensiona el quehacer teatral en Venezuela en tanto a la relación de espacio teatral. Redefine la geografía teatral en nuestro país —usando los términos del destacado crítico argentino Jorge Dubatti—. Insisto, ¿qué piensas al respecto?
Lusvio Ramírez .- No creo que existan categorías de establishment en el teatro venezolano ya que nuestra historia teatral esta enfocada en la visión marcada por el teatro capitalino (que confundimos con el teatro nacional) y el teatro hecho fuera de la capital que sufre los mismos problemas y límites educativos, repertoriales y de tradición del teatro nacional. Uno de los problemas del teatro «capitalino» es pensarse distinto al teatro hecho fuera de la capital sin darse cuenta de que después de todo Caracas no es más que una pequeña provincia del mundo. Así que toda distinción es finalmente una distinción inventada. Tan solo habría que equiparar la cartelera de Caracas con la de cualquier lugar del mismo país en donde toda una actividad no es reseñada o la cartelera del teatro de varias ciudades latinoamericanas para reconocer que estamos invadidos de un teatro banal y sin ningún riesgo incluso a nivel «comercial».
J.M.: Hemos conversado en otras ocasiones de la importancia de la «Crítica Interna». Esta es, la que forma parte del creador sin afectar el «producto» final. Podrías extenderme un poco más tu criterio al respecto diciéndonos ¿cómo —en caso de que sea así— mi crítica pudo o no participar de tu proceso creador en este espectáculo Ella imagina?
L. R.: Tu crítica es importante ya que la apreciamos como parte de no de un proceso de producción en donde ojalá pudiese invitarse al critico como ensayista ya que este no está fuera de la labor creativa. Sino que, por el contrario, podría aportar puntos de vistas que son leídos por nosotros de modo pertinente y riguroso. El problema de toda nuestra critica nacional es el de no poder rebasar el rol de «recomendadores o de detractores» de la labor de por si ya depauperada. Y el de la pobreza de lenguaje y articulación que sufren la mayoría de nuestros llamados «críticos». En ese sentido tu esfuerzo por cultivar una crítica más cercana al ensayo y de estar fuera de los circuitos de la prensa que conocemos como especializada es que al menos no escribes en periódicos en donde tienes que compartir tus espacios con el porcentaje de muertes durante el fin de semana en Caracas. J.M.: ¿Cuáles son tus expectativas para su temporada ahora en Caracas?
L. R.: Esperemos que el público de Caracas pueda apreciar de manera sensible un trabajo desde la óptica de un público tan importante como el de San Felipe entendiendo que somos tan sólo una opción de comunicarnos con otros ámbitos y escenarios tan sólo un poco distintos a los nuestros.
J.M.: Ahora quiero atreverme a preguntarte algo que será para mí de interés —y creo que para muchas personas del medio teatral— ¿Crees, como así afirma, vuelvo a nombrarlo, Jorge Dubatti, que el crítico debe decirle la verdad al poder?
A.H.: Obviamente si, pero como sabes Juan, la verdad es tan sólo un punto de vista particular que se desprende de la ética o la moral de cada quien. No hay una sola visión de la verdad pero en nuestro caso opinamos que al menos debería ser objetivo y honesto. El gusto particular no convierte al critico en la voz autorizada y (esto es de Armando Holzer) aborrezco la critica que habla en nombre del público y se erige como en su representante. Para finalizar quisiera agregar que la mayoría de los críticos del país carecen no sólo del lenguaje que exigen a los espectáculos sino que, para su desgracia, ni siquiera saben medianamente redactar. Cosa que podemos constatar en la mayoría de los libros publicados por algunos «reseñistas y parásitos» del Teatro nacional. Pero esto ya ocuparía toda una entrevista más. Ahora la pregunta es: ¿después de estas respuestas crees que nos irá bien en la temporada?
J.M.: Tu pregunta es muy inteligente. Y me exige una respuesta comprometida con el discurso más que con lo mediático. Es decir, dejemos a un lado este efecto mediático de la crítica irresponsable y aceptemos que el público tendrá ese encuentro esperado con el arte, más allá aun del medio teatral. Y se contenga en la experiencia humana del acto creador que le permita a éste receptar el lenguaje que domina la obra: su sensibilidad y el lugar que le otorgan a las emociones. Si entendemos que el público se emociona con las cosas bien hechas, entonces tendrá la oportunidad de entregar su estado de ánimo, como lo hice yo en mi rol de espectador en aquella noche que tuve la oportunidad de ver la obra.
DRAMATURGIA
Juan Martins
Si entendemos con Jean Baudrillard que la función del signo es hacer que desaparezca y con él la ilusión estética, comprendemos entonces que el sujeto pierde la capacidad de interpretar el mundo, el objeto estético, su realidad. Transferir una realidad por la otra, creamos una desilusión del componente estético. ¿Es arte lo que el artista realmente produce? ¿O se estará creando una nueva cosificación de aquel objeto artístico que lo conduce a ser un valor de cambio, una unidad abstracta de uso que media como modelo de ideología y como simple elemento que sustituye la belleza por el mercado: todo se registra en función de un valor abstracto y no real. Lo que concebimos como arte no es sino la idea que tenemos de él. El signo (y con ello el signo teatral) pierde su sentido a cambio de una retórica: el poder. Se repiten las formas hasta alcanzar el modelo de un objeto-fetiche. De esta manera cualquier cosa (no/signo) sustituirá las condiciones del arte y de su ilusión. Si entendemos por ilusión la capacidad de interpretación del mundo por parte del sujeto mediante otras formas, modelos y presencias estéticas. Digo esto porque al ver el espectáculo de «Madre Coraje» en el norte de esta ciudad me encontré, en cambio, con esa relación sensible y humana. El espacio es intervenido en su compleja relación con una comunidad que edifica su propio espacio teatral: la representación es un nivel del discurso que antecede a la necesidad de un grupo de artistas a expresarse: la violencia, la ciudad, la muerte se arreglan en esa unidad significativa que es la representación. Las actuaciones, coherentes ante esa necesidad, desarrollan los niveles emotivos que ello exige: la emoción se racionaliza en parte y objeto teatral: todo el lugar es un componente del espacio escénico. Así que el público participa en esos niveles de la emoción: el actor ha racionalizado el «dolor» (como factor de violencia de nuestras ciudades) para que el espectador alcance interpretar el proceso humano que está integrado: ritmo, música, alegría, baile, amor, sensualidad y textura están dispuestos en la representación. Desde luego que esto adquiere su forma en el marco de lo idiosincrásico: el pueblo, la barriada y el baile. Todo, desarrollado con jóvenes actores/actrices que asignan esa corporeidad para definir un espectáculo orgánico: si entendemos que esa síntesis expresiva es una metáfora de la ciudad, el dolor o la violencia. Eso nos exige nuevas formas, quizás, de sentido teatral. Ya no es (por más brechtiano que sea el espectáculo) «teatro político», más bien, adquiere una definición que está por categorizarse. Lo brechtiano es sólo una técnica que le permite sobre-condicionar aquél espacio escénico y hacia nuevas tendencias de expresión. Independientemente de los niveles alcanzados: lo profesional y lo amateur se suprimen como condición para colocar en la mesa de discusión una pronta conceptualización para redifinir estos espacios escénicos que pueden estar emergiendo. Disponiendo un discurso teatral que sólo así el joven creador de «Belo Horizonte» puede resolver mediante el ejercicio de esas experiencias estéticas. Si entiendo que esta búsqueda (y por favor pido a la audiencia que me corrija) está en proceso y dialogando con su realidad estamos entonces ante un movimiento estético que requiere de ello lo dramaturgos, escritores, actores y actrices los cuales irrumpirán la escena brasilera.
Ahora, si me permiten un ejercicio intelectual con esa realidad, y «Brecht» se convierte en un fetiche, en un modelo estético de acceso al poder para acoplarse a la alienación ideológica del estado y así acceder a subidios, complicidades, apentencias para conquistar un trozo de afán por la gloria. Estamos otorgando valores de uso a condiciones que son fundamentalmente espirituales, humanas y sensibles. Estoy convencido de que aquella no esa experiencia. Al contrario, todo se delimita en nuevas formas de construcción estética. Allí, como contraparte, el otro espectáculo «Aquellos Dos». Desde un lugar diferente de la ciudad están en un proceso de búsqueda. Claro con delimentaciones en el logro estético de ésta, pero construyendo un discurso para hacer de esta ciudad una ciudad de arte, del conocimiento, de la belleza. Por una razón muy sencilla tanto los aspectos ideológicos de una obra como de la otra son temas aquí, en Caracas, en Bogotá. Con sus diferencias introducidas en lo que llamamos América Latina. Pero están allí estructurándose en el discurso y distanciándose (es una posibilidad distante o no) de otras categorías estéticas. Y sino, organizando su propia disciplina estética que nos dice, como dije, de la ciudad. Así que lo importante no es representar la realidad sino que tendremos la necesidad de fundar una imagen. Y prefiero utilizar este término acá para indiciar una relación simbólica que tenemos con el espacio, con la ciudad.
Con todo, es necesario que surjan las voces dramatúrgicas que se idenfican con esa imagen que se está fundando, edificando al margen o dentro del Festival, reuniendo (aun en las equivocaciones) las nuevas voces, la condición de una poética del latinomaricano.
Fragmentación de la melancolía
Parece que va a temblar de Ridardo Nortier, dirigida por Orlando Arocha para el Teatro de Contrajuego me hace encontrar con un nivel del discurso que de alguna manera, siendo un poco osado al decirlo, el país espera de sus artistas: expresar las condiciones de la crisis política e institucional: mirar al país, percibir de lo estético una mirada que necesita del otro, del espectador para identificar los alcances de un teatro político. Así que la presencia del discurso se nos da desde el nivel pragmático del lenguaje, es decir, en el lugar donde los signos establecen su uso social en relación con el contexto. De allí que el espectador se entiende con la pieza ⎯me refiero a las formalidades del texto⎯ hasta llegar identificarse. El decir de los diálogos adquiere familiaridad en torno a la cotidianidad de la realidad: el discurso político del concepto revolución atraviesa el seno de una familia que podría ser cualquier estereotipo venezolano en las actuales condiciones de un hogar venezolano. Si Nortier se permite un nivel de lo cotidiano es para alcanzar el sentido del texto sobre el espectador: ruptura, desolación, finalmente, fragmentación de la familia sobreponen el lenguaje de lo melodramático a objeto de componer ⎯a nivel del texto dramático⎯ la figura de una comedia la cual nos entretuvo para quienes estuvimos de público. Pero el entretener por sí solo no es suficiente si nos vamos a entender con el teatro de arte. En otras palabras, esta propuesta está lejos de querer ser un «teatro comercial». Procura ciertos niveles de exigencia estética que lo alejan del panfleto (muy en boga) y, por otra parte, lo distancia de la industria teatral. Así que es una propuesta modesta pero consolidada en su intención estética: una puesta en escena simbólica y estructurante desde su dispositivo escénico que introduce la imagen en una fragmentación de la realidad: el comedor-sala de una pequeña vivienda (quizás de la mayoría de los hogares venezolanos) recogen, en la sensación del espectador, su memoria y, como es natural, su relación con la realidad.
Los signos le son muy presentes al espectador: la desidia de la mesa, las sillas, el lugar, las paredes son expresados con dispositivos reales (intencionalmente «reales»). Todo, regodea una naturaleza hiperrealista ⎯en la estructura del signo⎯ la cual induce a este espectador a esa relación con la familia, con el hogar, pero seccionado literalmente como si sólo estuviéramos frete a esa parte de la realidad. El modo en que el espacio escénico es abordado le permite al espectador ver aquella realidad como si sólo fuera una representación de la imagen que tiene de su propia vida: la habitación se nos arrima a la vista, levanta la perspectiva de la mirada sobre el espectador al ser colocada, como dispositivo, por encima del proscenio y elevada a la mirada de la audiencia. Se [des]construye una habitación desde el componente estético: las paredes, incluso, sutilmente pintadas de rojo, junto con el vestuario y las sillas denotan todo una simbolización del país: la revolución puesta en caída, en su decadencia política (desde la visión de la obra). Aquí, Orlando Arocha, denota y connota mediante esta imagen con la cual va hilvanando la comedia sobre un buen gusto estético: en ese pequeño espacio de la habitación-hogar los actores se desplazan en lo mínimo dada a la simetría del espacio y su limitación para tal efecto. Pienso, en una interpretación más hermenéutica, que esa delimitación del espacio desempeña una metáfora del país. La territorialidad se nos hace corta, se nos fragmenta el país como si fuera el discurso de una telenovela: la ironía de la política nos devuelve una visión kafkiana: todo está en proceso, fraccionado como mecanismo de alienación ideológica por parte del estado sobre los individuos que componen la venezolanidad.
Al fundar, en el plano de lo satírico, las condiciones de una nueva emotividad colectiva, que ya se nos hace cotidiana, pone en la palestra aquella vieja relación entre el teatro y la sociedad. Eso lo sabemos. Sin embargo, no se hacía presente en los escenarios venezolanos. Es una presencia ahora que puede madurar (si estamos entendiéndonos en los términos de lo estético) en la búsqueda de nuevas interrogantes en la audiencia. Lo que significa que no podrá resolverse en una tendencia del teatro venezolano, sino que se medirá en el rigor escénico que empieza con esta primera de la Trilogía Revoluciones por minuto (RPM). Con ello, Contrajuego asume su nivel de expresión, No sé si «contestatario» pero arriesgado.En un análisis más estructural comprendemos que la dirección conserva en el (la) actor/actriz la síntesis del movimiento y el desplazamiento con la intención de otorgarle un nivel estético que, a mi entender, se hace placentero por su construcción de la representación en aquellas delimitaciones del espacio a la que hacía mención y que al mismo tiempo definen la puesta en escena: una pequeña habitación reducida al estricto espacio necesario para que éste, el actor/la actriz definan el carácter de denuncia del texto y, en su representación, de la comedia. Y este es el mérito de la dirección: reconocer la capacidad del actor y disponerlo en el espacio escénico. De esta manera Arocha centra su preocupación en la interpretación del texto por parte del actor.Las actuaciones mantienen ese nivel de exigencia. Todas las actuaciones sostienen la consistencia de esos ritmos, la organicidad actoral es evidente. Por una parte la maestría de la actriz Antonieta Colón en el rol de «La Abuela» es coherente con este discurso. Y de igual manera se sostiene la estructura actoral en el resto del elenco. Es de destacar la actuación de los jóvenes Ariana Savio y Gabriel Agüero en los roles de «La Hija» y «El Hijo» respectivamente. La dirección supo tomar lo mejor de cada uno. Es grato saber cuando el actor y la actriz sostienen una actuación orgánica.Entonces hasta ahora estamos definiendo las características de lo que es, en ese contexto, un nuevo teatro político. Su autor no lo pretende (es una pretensión mayor), sólo quiere expresarse. Y lo alcanza. Hasta un primer momento de la obra estoy convencido de que esto se resuelve. Y me estoy refiriendo a la secuencia de monólogos que iban representando un personaje tras otro. Los cuales encarnaban a su vez relatos consistentes de la vida familiar que la audiencia receptaba como suyos. Aquí se hace presente un primer ritmo de la obra que me pareció excelente, tanto en la representación actoral, como en el texto, dando a lugar a la disposición de la comedia. Ese ritmo cambia para cuando cada uno de los personajes empiezan, ya en un segundo momento (si se quiere en un segundo Cuadro Escénico) a dialogar entre ellos. Creo que estos diálogos se hacen extensivos en la composición de la obra, restándole aquél carácter «no comercial» que necesitamos de una buena comedia. Que necesitamos tanto en el teatro venezolano cuando los discursos hegemónicos nos agotan.
DRAMATURGIA
Por: Juan Martins
Venía pensando en la posibilidad de que la poesía (en tanto género literario) intervenga en el lenguaje de la dramaturgia. En el hecho de que el «poema», la palabra —desde su sonoridad— se componga en la forma de una obra de teatro, en la estructura del texto dramático. Y esto no es nuevo para nadie. Pero cuando se trata de la dramaturgia venezolana es una inquietud que nos conduce hacia el asunto de los discursos. Desde lo formal hasta lo hermenéutico (en algún momento he tenido esta conversación con dos de mis amigos dramaturgos, Gustavo Ott y Armando Holzer). Ahora, me siento cercano a esa exigencia cuando he leído «Polvo de hormiga hembra» de Yoyiana Ahumada Licea (conocidos por todos como excelente periodista e investigadora). Aquí en esta pieza me acerco a esa experiencia o por lo menos me permite dilucidar en torno a esa contingencia del lenguaje: la estructura poética introducida en la formalidad de la dramaturgia. No es nuevo porque estamos, en su lugar, hablando de las posibilidades de la teatralidad en el discurso dramatúrgico. De funcionar esa experiencia estamos en la antesala (lo que será inevitable para la dramaturgia venezolana) de nuevas propuestas. Lo que, por las condiciones que exige un nuevo discurso, no se puede agotar en este breve ensayo y mucho menos en el estudio de una sola pieza. En el mejor de los casos es la apertura a un diálogo con los autores y autoras que se aventuran en la búsqueda de su autenticidad al incorporar elementos del lenguaje que pueden crear una ruptura con la tradición. Y esto no es otra cosa que regresar a aquellas condiciones de la teatralidad y, por consecuencia, con la redefinición de la modernidad que tiene tal búsqueda: condiciones para el discurso dramático que ahora se nos hacen necesarias ante el registro del teatro venezolano: el «tema» se nos impone, pero exige también un cuidado estilístico: la sonoridad, la cadencia poética adquieren en «Polvo de hormiga hembra» el carácter de un ejercicio modesto que se introduce en esa experiencia escritural. De tal manera que la estructura de los diálogos se nos presenta en la continuidad de un texto que no pretende (en su registro convencional) un apego a la estructura del parlamento tal como lo conocemos: continuidad rítmica y organización de las escenas para el relato teatral. El ritmo viene dado más bien en la composición de las diferentes imágenes y no por el arreglo de ese parlamento. Es decir, el «parlamento», como es sabido, dispone del lugar de los personajes y de la construcción de la realidad escénica: los hechos acontecen sobre una historia que nos cuenta a través de dicho parlamento o de la continuidad de sus diálogos. Aquél «decir» de los personajes se ordena en la sintaxis del relato teatral. Así que lo convencional se hilvana desde esa exigencia técnica. Esto es sabido. Pero qué sucede, en cambio, cuando esa formalidad del lenguaje es diferente desde otro nivel del discurso. Lo sabremos cuando nos encontremos en medio de ese ejercicio dramatúrgico. Surge entonces la posibilidad del que el poema (como lo entendemos en su forma) se desplace en la composición del diálogo, sobre el desarrollo de las escenas y sobre los indicadores, dentro del mismo texto, de aquella realidad escénica. Incluso el texto escénico[1], aquel texto que se escribe para detallar las escenas y los signos no/verbales de lo que será de la obra se organizan con un nuevo sentido de la representación. Las imágenes, en el momento de este texto, se disponen en el orden de ese discurso emergente. Y me estoy refiriendo a las imágenes visuales del futuro espectáculo que se ha (pre)escrito.
Todo se compone de esa necesidad de la imagen, de la sensación poética que nos produce su relato teatral que ahora se ha construido sobre ese riesgo. De alguna manera se (des)construye el discurso: los personajes son las «voces» en el contexto dramático el cual prefiero definir como poético. La sensación es una disposición abstracta de la emoción y un modo racional de presentar a la memoria como un rastreo estético:
MADAME GETTÉ (DELIRANTE): Adoro mis zapatillas manchadas de rojo, mis dedos completamente deformados, transformados en juanetes. Cicatrices interminables fraguan mi piel (SUSPIRA Y CIERRA LOS OJOS. RODEA A MAYA). Sudor, hambre, moño apretado, hasta dolerme las sienes, repetir una y otra y otra vez aquel movimiento… Bailar tal vez alar. [...]
Una abstracción del movimiento que, sin querer ser explícita la autora, nos involucra en una relación con la memoria, con el hecho subjetivo de esa experiencia. Es un movimiento dentro de otro. Quizás una intertextualidad estética y una trasgresión de géneros: el baile y el movimiento como para fragmentar el discurso verbal, con la intención de que aquella teatralidad, a la que hacíamos referencia, se imponga desde esa condición poética y desde la forma de la propuesta teatral. Aquí se trasgrede lo estilístico ante la escritura de lo teatral al menos como la concebimos porque todo es continuado desde el movimiento con los cambios hasta coreográficos que se presentan a lo largo del texto (escrito en «Tres Movimientos»). Entonces las escenas son la representación de aquella «sensación» de la memoria: los personajes son voces que quieren pertenecerle al lector-espectador. De allí que sea un «teatro de imágenes» y un ejercicio escritural que pretende —lo intenta como en toda búsqueda estética— hacerlo presentar en la condición de un género que no es necesariamente dramatúrgico ni narrativo. Al describirlo en las escenas se asigna, dentro del movimiento de los actores-bailarines, a nuevas formas de representación. Dichas escenas son una ruptura con el tiempo, como dije, trasgrede la realidad para identificarnos con ese nivel subjetivo que es la memoria, la sensación, el cuerpo, la sonoridad de la palabra lo cual se va desarrollando mediante esas voces que son, al mismo tiempo, los parlamentos. Siendo así el ritmo no está en la relación del drama sino en la síntesis de la imagen:
[A medida que ella habla, los cuatro personajes comienzan una serie de movimientos. Cada uno de ellos toma una inyectadora y la introduce en su vientre como realizando un harakiri. Cantan una extraña canción]
[..]
[MAYA se retuerce. Se escucha una melodía y hace unos movimientos, intentando salir de su lecho, que es su prisión]
[Entra a escena MADAME GETTÉ, quien, en su alucinación, se confunde con LA MADRE de Maya. Se mueve como una muñeca de las cajas de música. Tiene un moño descomunal y arrastra un largo velo adherido al tutú, que produce un juego visual indefinido, a medio camino entre la imagen de una bailarina y una novia. Se unta los pies con pezrubia, camina hacia Maya, estira su cuerpo, hace una flexión. Le toma la mano y mira su muñeca. Hace el amago de tomarle el pulso. Saca una golosina de su bolsillo y la engulle. Habla con el movimiento]
[..]
Así que la imagen se nos hace corporeidad en el actor y la actriz [¿bailarines acaso?]. Esa corporeidad es a la que he llamado «sensación» cuya forma se nos da en el texto, haciéndose, insisto, transgresión de género y, con ello, la representación de un estado de la emoción. En este caso es representación del dolor. Eso es viable si entendemos que esa sensación es un nivel de racionalidad de la emoción en el poema, en el texto [dramático]. Puesto que la emoción se intelectualiza por la racionalidad de la palabra. Esa racionalidad adquiere forma en la continuidad de las escenas que la autora describe como MOVIMIENTOS. Y quiero definir a éstos como una hermenéutica del cuerpo mediante la sensación que nos produce la memoria como una alteridad del signo teatral: danza, movimiento y teatralidad en un mismo lugar del texto. Por lo que es una disposición escritural en la que el signo no/verbal se antepone como expresión. Entendamos que el signo no/verbal es todo a lo que corresponde a la representación de la obra a diferencia del signo verbal que es la escritura literaria en sí. De modo que si el teatro es literatura es también representación del signo teatral. Y «Polvo de hormiga hembra» es estructura corpórea, unidad del actor-bailarín que se representa aquí como una expresión del alter-ego de la autora, de su alteridad y «movilidad» con la realidad.
Con todo, defino que esta autora tiene en esta pieza lo más cercano, por una parte, a un poema dramático, pero que en su rigor se nos exhibe como un texto no-convencional que permite la formalidad de la representación escénica de aquel yo poético en la extensión de los parlamentos:
MAYA: una y otra vez, esa pirueta… Maestro duelen las puntas, sangran… Maya de honesto origen, de esta tierra de gracia, en el tuétano del tercer mundo… Me aprieta el moño, madre, no me deja pensar. Se me olvida le dibujo, el de los pasos en el suelo…, […]
El sujeto trasciende en un nivel de la sensación poética, de esa alteridad verbal que es aquí el personaje. Pero la voz no se queda con el facilismo de lo testimonial, sino que nos exhibe su condición poética de exigencia literaria al mismo tiempo.
[1] Texto escénico de acuerdo a la definición que hace Francisco Rojas Pozo en su libro Cabrujerías, Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias «Hugo Obregón Muñoz». UPEL,1995.

